lunes, 18 de diciembre de 2017

Deseos

Un día, el desdichado Yusuf halla una lámpara donde es raro encontrar una. La frota y, ¡milagro!, emana de ella un genio que le concede tres deseos. Yusuf, entusiasmado, formula el primero sin dudar: Genio, dice, ¿conoce al Sultán? Él es valiente y distinguido, todos lo veneran; come y viste con lujo y se hace servir por las damiselas más hermosas; habita fastuosos palacios y posee un tesoro incalculable en oro, plata y piedras preciosas; recorre sus tierras sobre los mejores caballos, y miles de leales y aguerridos soldados dan gustosos la vida por él. Pues bien, Genio, yo quiero ser él, ¡el Sultán! El Genio concede el deseo y acto seguido ordena al pobre infeliz que lo mira expectante correr a palacio y avisar que al Sultán le quedan dos deseos más.

Tango electrónico


Dejo el auto en un estacionamiento y, con paso firme y decidido, emprendo la marcha hacia el éxito: en las oficinas de American Performance (no fantaseo) sólo basta poner mi firma sobre un papel para cerrar el negocio que hace meses venimos madurando. Enfilo por Callao silbando un tango electrónico, bajo la sonrisa del sol de octubre y entre el moderado tránsito de la media tarde. No me entretengo con nada (ni tan siquiera con las tablets expuestas en aquella vitrina), porque en mi profesión la puntualidad vale oro.

Dejo pasar a un Porsche y cruzo Sarmiento con optimismo: algún día podré cambiar mi coche por uno así. Mis zapatos recién lustrados resuenan contra las baldosas, y disfruto de cómo flamea mi corbata de seda al soplo de la primavera. Pero a media cuadra, antes de llegar a la avenida Corrientes, desacelero como alcanzado por un tiro, hasta detenerme. Ambos brazos caen a mis costados; se me cierran los ojos. Transcurren unos segundos vacíos. Entonces, saliendo de mi pasmo, aspiro muy profundo, con temerosa curiosidad. Retengo el aire en mi pecho (que palpita intranquilo), lo expulso, cambio de ángulo e inhalo otra brisa, otro smog, otro misterio. 

No acierto a identificar el origen del elemento que ha impactado contra mí. Indago en los fondos de la memoria, porque hay cierta familiaridad en él, un significado remoto que —sospecho— enlaza con otra existencia. Mi corazón deja de latir y queda en vilo. Lo mismo mi respiración y mis sentidos: ponen pausa. Todo mi ser aguarda expectante los resultados de mi incursión a lo más hondo de mi vida...

Entonces, algo ocurre.

La verdad surge de mi bajo vientre como el ataque de una enfermedad fulminante. Su fiebre trepa vísceras arriba, retorciéndolas; asciende por mi estómago, convulsionándolo; inunda mi tórax con su desborde de dolor —¿mis costillas crujen?— y sube hasta mi garganta, estrangulándola con idéntica brutalidad. Me apoyo contra una pared. Mi labio inferior serpentea fuera de control. Nuevas sacudidas provenientes de mis entrañas debilitan aún más a mi cuerpo, cada vez más oblicuo, y le hacen perder el ritmo a mis pulmones. Aquellos días son más numerosos y fuertes que yo: la pelea es desigual.

—Todavía —gimoteo.

El achaque dura unos minutos. Me deja postrado, con dos centímetros menos de estatura. Siglos de convalecencia me esperan en el bar Astor, preveo.

—¿Se encuentra usted bien? ¿Necesita ayuda?

Una mano me palmea la espalda. La poca energía que me resta me alcanza para despegarme del improvisado Muro de los Lamentos y encarar el mundo con una hollywoodense demostración de entereza recobrada. Descubro que varios peatones se han congregado en torno a mí. Con horror, pero impulsado por una juguetona esperanza, busco en las caras de preocupación que me rodean... la de ella. Pero no, es imposible. Qué tarado.

—Me cayó mal el almuerzo —explico con una voz que no es la mía: grave, temblorosa y húmeda—. Un té con limón y chau.

Mientras los mirones se ponen a filosofar acerca de los beneficios de una dieta sana, mi alma se reconstruye a sí misma poco a poco. Con paciencia, con humildad, a lo hormiga. Permito al tráfico que me contamine con su humo y me aturda con sus bocinazos. Al ratito vuelvo a estar solo, dueño otra vez de mí mismo. Aquí estoy de nuevo: con mi imitación Armani, mis mocasines Gucci de fabricación paraguaya y mi Rolex trucho, sus agujas girando en vano. 

Mis piernas vuelven a sostenerme. Lo sé porque me pongo a pasear mi estupidez por las calles de Buenos Aires, sin apuro, babeando de una vidriera a otra, como un crío eterno y sin futuro, condenado a prisión domiciliaria dentro de la infancia por otros mil años.