Deseos
Un día, el desdichado Yusuf halla una lámpara donde es raro encontrar una. La frota y, ¡milagro!, emana de ella un genio que le concede tres deseos. Yusuf, entusiasmado, formula el primero sin dudar: Genio, dice, ¿conoce al Sultán? Él es valiente y distinguido, todos lo veneran; come y viste con lujo y se hace servir por las damiselas más hermosas; habita fastuosos palacios y posee un tesoro incalculable en oro, plata y piedras preciosas; recorre sus tierras sobre los mejores caballos, y miles de leales y aguerridos soldados dan gustosos la vida por él. Pues bien, Genio, yo quiero ser él, ¡el Sultán! El Genio concede el deseo y acto seguido ordena al pobre infeliz que lo mira expectante correr a palacio y avisar que al Sultán le quedan dos deseos más.
Que al poder no se le puede arrebatar lo que por naturaleza divina le pertenece es por todos sabido, menos por este infeliz, que a recibir órdenes estaba más que acostumbrado y por buen cumplidor él mismo se tomaba. Al llegar a los arrabales de palacio el pitufar (mal traducido en ocasiones a eunuco, pues este en concreto se enorgullecía del desproporcionado tamaño de sus dídimos) al cargo de la guardia hizo apresar a Yusuf, quien tuvo que emplear el segundo de sus deseos para salir airoso del encuentro con la guardia mora. ¿En qué emplearía el tercero y último de sus deseos?
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